Confucianismo

Confucio es la palabra latinizada de K’ung Fu-Tzu, quien vivió del 551 al 479 aC. en Qufu, Shandong.  Poco se sabe acerca de su vida, pero su pensamiento quedó recogido en la Analectas, una colección de las conversaciones con sus discípulos.  También se atribuyen a Confucio los “Cinco Clásicos”, aunque éstos se fueron componiendo durante un largo periodo de tiempo.

 Las enseñanzas de éste contienen mucho más una ética y un humanismo que una religión propiamente dicha. Confucio no era un profeta ni pretendía comunicar ninguna revelación de lo alto. Era un hombre profundamente tradicional, que se enorgullecía de ser un transmisor y un amante de la antigüedad. Sus doctrinas contribuyen a mantener vivos los cultos de veneración de los antepasados, y el llamado culto del cielo, referido a los emperadores.

 El confucianismo es pues, una filosofía moral, cuya enseñanza central es el ren, la virtud de la humanidad, que está asociada a la benevolencia, la lealtad, el respeto y la reciprocidad.

 Confucio describió cinco relaciones:

  • Entre gobernador y ministro.
  • Padre e hijo.
  • Marido y mujer.
  • Hermano mayor y hermano menor.
  • Entre amigos.

 En cada una de estas relaciones, el superior tiene una obligación de protección y el inferior, de lealtad y respeto.  En último término, todas las personas están sujetas a la voluntad del Cielo, que es la realidad primera, la fuente máxima de moralidad y de orden.

 Según Confucio, además del ren,  y las relaciones adecuadas, son precisos los rituales y el sacrificio regular.  El culto al cielo que requería del emperador, en tanto que “hijo del Cielo”, que realizase un sacrificio animal al año en el templo del cielo de Pekín.  También se ofrecían sacrificios a la tierra, al sol, a la luna y a los antepasados imperiales.

 Pero la obra de Confucio no se limita a idealizar el pasado. Su enseñanza apunta a transformar las viejas concepciones rituales en un orden ético que ha llegado a ser el corazón de la cultura china. No basta con mantener el orden externo del ritual y de la ley si el hombre no se conforma también a ese orden con una plena adhesión de su mente y de su voluntad. Confucio advierte que sin las virtudes personales de bondad desinteresada, sinceridad y lealtad, la veneración y práctica de los ritos tradicionales carece de eficacia espiritual. La educación confuciana apunta así a crear no simples intelectuales sino hombres moralmente distinguidos.

 El acento del Confucianismo no se coloca en lo esotérico ni tampoco en lo sobrenatural, sino en los ritos, en el comportamiento personal, y en el cumplimiento de los deberes sociales. Cada hombre ha de cumplir honestamente su obligación en el estado y situación de vida al que ha sido llamado por el cielo. La exaltación de la piedad filial, como la gran virtud enseñada por Confucio, ha suministrado una base firme para la autoridad paterna en el orden social confuciano.

Tras su muerte, Confucio se convirtió en objeto de culto.

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